Edith Giovanna Gassion nació debajo de una farola de la calle 72 de Belleville en el París de 1915. Conocida como La Môme Piaf, la cantante creció entre vino, guerra, circos y prostíbulos. Los suburbios de una ciudad gris fueron testigos, casi sin quererlo, del crecimiento de una de las cantantes francesas más famosas del siglo XX.

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Marcada por una infancia llena de pobreza y soledad, Piaf empezó cantando en cabarés con tan solo 15 años. Allí la descubrió Louis Lepleé, dueño del Gerny’s, un local de mala muerte de la zona de Pigalle. Él, además de bautizarla con el nombre de la môme piaf (pequeño gorrión), le dio la oportunidad de actuar en su sala. Le dio la oportunidad de volver a empezar. Así, la cantante grabó su primer disco en 1936, Les Mômes de la cloche, que se convirtió en un éxito a las pocas semanas de su estreno: había nacido una estrella.

La vida de Edith Piaf estuvo marcada por el desengaño y la tragedia. Sin embargo, las letras de sus canciones revelan a una mujer fuerte y valiente; sin miedo. Una mujer que creía en el amor. En su verdad. “No! nada de nada,/ No! no lamento nada./ Está pagado, barrido, olvidado…/ Me importa un bledo el pasado!/ Con mis recuerdos/ He encendido el fuego,/ Mis penas, mis placeres…/ Ya no los necesito! “

Durante la guerra, la cantante se paseó por los rodajes de cine y los music-halls. Escribió entonces las canciones que la convirtieron en leyenda de la música francesa (La vie en rose y Tu es partout). A finales de los 40 vivió la historia de amor de su vida, hasta que éste murió en octubre del 49 en un accidente de avión. Sin quererlo, como todo lo que le ocurrió a Edith Piaf, comenzó a experimentar una especie de declive a manos del alcohol y la morfina que le hicieron tambalear durante un tiempo. Pero quedaba su voz, una buena excusa para seguir, después de todo. Y de tanto. Piaf dedica Hymne à l’amour a la memoria de Marcel Cerdan.

Después de mucha lucha, se convirtió en un icono mundial durante la década siguiente. En aquellos años colaboró con Charles Aznavour, que escribió para ella las letras de las canciones de sus próximos éxitos. Llegó el triunfo en el Olympia y, más tarde, en el Carnegie Hall de Nueva York. La carrera de la francesa se disparaba a una velocidad vertiginosa cuando, a pesar de vivir su mejor momento musical, decidió retirarse a la Provenza. Como quien se levanta a mitad de la noche y sale de una habitación a oscuras; sin hacer ruido.

Vivió sus últimos años alejada de los escenarios, aquellos que habitó con tan solo 15. Quizás le abrumaron los recuerdos, aquellos que ni la morfina conseguía hacerlos desaparecer. Quizás pensó que era el momento. Lo que no sabía Edith Piaf era que, también sin quererlo, se había convertido en la gran dama de París.

Nota original de EL MUNDO.ES